WASHINGTON — A menos de tres meses de las elecciones de medio término en Estados Unidos, el panorama político comienza a presentar una contradicción que podría definir los últimos dos años del segundo mandato del presidente Donald Trump: los demócratas llegan con ventaja nacional y posibilidades reales de recuperar la Cámara de Representantes, mientras los republicanos conservan una posición más favorable para defender el Senado.
Las elecciones del 3 de noviembre renovarán los 435 escaños de la Cámara y decidirán 35 contiendas senatoriales. Lo que ocurra esa noche determinará si Trump mantiene un Congreso bajo control republicano o si tendrá que gobernar durante los próximos dos años frente a una oposición demócrata con capacidad para frenar parte de su agenda.
La batalla más inmediata está en la Cámara.
Los republicanos llegaron al actual Congreso con una mayoría de 220 a 215, por lo que los demócratas necesitan una ganancia neta de apenas tres distritos para cambiar el control. Esa estrecha diferencia ha convertido decenas de contiendas locales en elecciones de alcance nacional.
Las encuestas ofrecen, por ahora, una señal favorable para la oposición.
Los principales promedios del llamado voto genérico —que pregunta a los electores si prefieren un candidato demócrata o republicano para el Congreso— colocan actualmente a los demócratas con una ventaja nacional de alrededor de seis puntos, aunque algunos modelos registran márgenes superiores entre votantes con mayor probabilidad de acudir a las urnas.
El dato no constituye una predicción del resultado final, pero confirma un cambio en el ambiente político: hoy existe mayor disposición a votar por candidatos demócratas que republicanos a nivel nacional.
Detrás de esos números aparece un asunto que amenaza con convertirse en uno de los principales obstáculos electorales para el Partido Republicano: el costo de vida.
Los precios de alimentos, vivienda y otros gastos cotidianos continúan pesando sobre los electores. Trump regresó a la Casa Blanca prometiendo reducir el costo de vida, pero la frustración económica permanece y comienza a trasladarse hacia candidatos republicanos que ahora deben defender el desempeño de su partido.
A ello se suma el deterioro en los índices de aprobación presidencial. En unas elecciones de medio término, esa combinación suele representar un problema para el partido que controla la Casa Blanca, porque el presidente, aunque no aparezca en la papeleta, termina convirtiéndose en el principal referente de la elección.
Hay además señales de entusiasmo entre los demócratas. La participación en varias primarias estatales ha aumentado significativamente y sus candidatos han superado los resultados obtenidos por el partido en numerosas elecciones especiales celebradas durante este ciclo. Son indicadores que los estrategas observan con atención, aunque no garantizan que ese comportamiento se reproduzca en noviembre.
El panorama del Senado, sin embargo, es considerablemente más complicado.
Los republicanos controlan actualmente la cámara alta con 53 escaños frente a 47 del bloque demócrata, incluyendo a los independientes que votan junto a los demócratas. Para recuperar la mayoría, estos últimos necesitan una ganancia neta de cuatro escaños.
Ahí la matemática deja de ser nacional y pasa a depender de estados específicos.
Georgia, Maine, Michigan y North Carolina figuran entre los escenarios que podrían resultar decisivos, mientras estados tradicionalmente más difíciles para los demócratas, como Texas, Iowa, Ohio y Alaska, han comenzado a recibir mayor atención conforme algunas contiendas se estrechan.
Los demócratas necesitan simultáneamente proteger sus propios escaños competitivos y derrotar a varios republicanos. Esa combinación explica por qué una buena elección nacional para el partido no necesariamente sería suficiente para conquistar el Senado.
Ese escenario abre una posibilidad cada vez más discutida en Washington: que los estadounidenses produzcan en noviembre un Congreso dividido.
Una Cámara controlada por los demócratas y un Senado en manos republicanas modificaría sustancialmente la segunda mitad del mandato de Trump.
Los demócratas podrían controlar comités de la Cámara, abrir investigaciones, emitir citaciones y bloquear buena parte de la legislación republicana. Al mismo tiempo, un Senado republicano mantendría una enorme influencia sobre nominaciones, jueces y otros nombramientos presidenciales.
La elección también tiene una variable poco habitual. La batalla por redibujar distritos congresionales en distintos estados ha adquirido una importancia extraordinaria debido a lo pequeña que es la mayoría actual. Cuando tres escaños pueden decidir quién controla la Cámara, modificar los límites de unos pocos distritos puede tener consecuencias nacionales.
Nada está decidido.
Las encuestas estadounidenses han demostrado limitaciones en ciclos anteriores y todavía queda suficiente tiempo para que acontecimientos económicos, internacionales o políticos alteren el comportamiento de los votantes.
Pero la fotografía de mediados de agosto presenta una tendencia difícil de ignorar.
Los republicanos comenzaron el ciclo defendiendo la Casa Blanca y ambas cámaras del Congreso. Hoy enfrentan una elección en la que la Cámara se encuentra seriamente amenazada, mientras el Senado continúa siendo su principal línea de defensa.
Los demócratas, por su parte, han recuperado impulso y cuentan con un ambiente nacional favorable, pero todavía tienen que demostrar que esa ventaja puede convertirse en victorias dentro de los distritos y estados específicos que decidirán el control del Congreso.
A menos de tres meses de las urnas, esa es la verdadera batalla de los midterms: los demócratas parecen tener el viento a favor; los republicanos todavía tienen el mapa para resistir.
El resultado determinará no solamente quién controla el Capitolio, sino cuánto poder político conservará Donald Trump para ejecutar su agenda durante los dos años restantes de su mandato.
