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El Escudo de las Américas comienza a pesar en la política regional

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Foto: EFE

SAN JUAN — Lo ocurrido esta semana en Costa Rica va mucho más allá de un simple cambio en el gabinete.

La destitución del canciller Manuel Tovar por parte de la presidenta Laura Fernández, luego de que la mandataria quedara fuera de una reunión de alto nivel del Escudo de las Américas encabezada por el presidente estadounidense Donald Trump, ofrece una señal clara del espacio que esta nueva iniciativa regional comienza a ocupar dentro de la política latinoamericana.

Según la versión ofrecida por el gobierno costarricense, la presidenta no fue informada adecuadamente sobre la convocatoria y, como consecuencia, no participó en el encuentro celebrado en Nueva York. Tovar sí estuvo presente como representante de Costa Rica.

La reacción de Fernández fue inmediata: removió al jefe de su diplomacia y posteriormente lamentó públicamente su ausencia en el encuentro ante la representación estadounidense.

Ese detalle convierte el episodio en algo más que una disputa administrativa.

La decisión sugiere que, para el gobierno de Costa Rica, participar directamente en las reuniones convocadas bajo el paraguas del Escudo de las Américas no es un asunto secundario ni meramente protocolario. Se trata de un espacio que San José parece considerar estratégico dentro de su relación con Washington.

Ahí está el verdadero alcance de la noticia.

Una estructura que empieza a ganar peso

El Escudo de las Américas fue impulsado por la administración Trump como un mecanismo de coordinación entre Estados Unidos y distintos gobiernos del hemisferio, con especial énfasis en seguridad regional, narcotráfico, crimen organizado y cooperación política.

En cuestión de meses, la iniciativa ha comenzado a reunir a presidentes, cancilleres y altos funcionarios de América Latina alrededor de una agenda promovida directamente desde Washington.

No todos los gobiernos participantes responden a una misma corriente ideológica, pero varios han mostrado disposición a profundizar su cooperación con Estados Unidos en temas de seguridad, control del narcotráfico y relaciones bilaterales.

En ese contexto, la reacción del gobierno costarricense adquiere una dimensión particular.

Que una presidenta decida remover a su canciller después de quedar fuera de una reunión vinculada a esta alianza demuestra el nivel de importancia que su administración le está concediendo al nuevo esquema regional.

No puede afirmarse, sin evidencia directa, que Fernández haya actuado simplemente para complacer al gobierno estadounidense.

Pero sí resulta evidente que la relación con Washington y la presencia de Costa Rica dentro del Escudo de las Américas tienen suficiente peso dentro de su política exterior como para provocar una crisis de gabinete.

El costo político de quedar fuera

La reunión se produjo en Nueva York, en medio de la agenda internacional relacionada con la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Mientras Fernández se encontraba fuera de Estados Unidos atendiendo otros compromisos oficiales, Tovar participó en el encuentro del Escudo como representante costarricense.

El problema surgió cuando la presidenta aseguró que la invitación no había llegado oportunamente a su conocimiento.

La consecuencia fue fulminante.

Tovar salió del gobierno y Costa Rica tuvo que reorganizar de inmediato la dirección de su política exterior.

Ese desenlace resulta significativo porque expone una nueva realidad diplomática en la región: determinadas convocatorias de Washington comienzan a adquirir un peso político considerable dentro de algunos gobiernos latinoamericanos.

No se trata solamente de asistir o no asistir a una reunión.

Se trata de quién está sentado en la mesa, quién tiene acceso directo a la Casa Blanca y qué gobiernos forman parte de los nuevos espacios de cooperación que Estados Unidos está promoviendo en el hemisferio.

Costa Rica envía una señal

La administración de Laura Fernández ha colocado la cooperación con Estados Unidos entre sus prioridades internacionales, particularmente en asuntos relacionados con seguridad y combate al crimen organizado.

Por eso, quedar fuera de una reunión presidencial encabezada por Trump no fue tratado como un incidente menor.

La respuesta de la presidenta fue política, pública y contundente.

Primero, la destitución de su canciller. Luego, la explicación de su ausencia. Y finalmente, la reafirmación del interés de Costa Rica en permanecer dentro de la dinámica del Escudo de las Américas. Todo eso proyecta una señal hacia Centroamérica y Sudamérica.

La estructura impulsada por Trump comienza a convertirse en un punto de referencia para gobiernos que buscan fortalecer sus vínculos con Washington.

Washington recupera protagonismo

Durante buena parte de las últimas décadas, América Latina experimentó distintos intentos de integración regional, algunos diseñados precisamente para disminuir la dependencia política de Estados Unidos.

El escenario actual muestra una dinámica diferente.

La administración Trump está promoviendo una red de cooperación basada en seguridad, narcotráfico y coordinación política directa con gobiernos de la región.

El Escudo de las Américas forma parte de esa estrategia. Para Washington, representa una plataforma para articular aliados alrededor de prioridades compartidas.

Para los gobiernos latinoamericanos participantes, puede significar mayor acceso político, cooperación en seguridad y una relación más directa con la administración estadounidense.

Lo ocurrido en Costa Rica muestra hasta qué punto esa relación puede comenzar a tener consecuencias dentro de la política doméstica.

No porque Estados Unidos haya ordenado una destitución —no existe evidencia de ello—, sino porque la propia administración costarricense entendió que quedar fuera de ese espacio era suficientemente grave como para provocar la salida de su ministro de Relaciones Exteriores.

Una historia que trasciende a Costa Rica

El episodio debe observarse también como parte de un proceso regional más amplio.

Centroamérica y Sudamérica atraviesan una etapa de reacomodo político en la que distintos gobiernos buscan redefinir su relación con Estados Unidos.

En ese contexto, Trump ha encontrado en el Escudo de las Américas una herramienta para reconstruir un eje de cooperación hemisférica bajo liderazgo estadounidense.

La crisis en Costa Rica puede convertirse en uno de los primeros ejemplos visibles del peso político que esta nueva estructura comienza a adquirir.

Un canciller perdió su puesto.

Una presidenta tuvo que explicar públicamente por qué no estuvo presente. Y una reunión encabezada por Donald Trump terminó provocando consecuencias directas dentro del gobierno costarricense. Ese hecho, por sí solo, dice mucho sobre la nueva dinámica que comienza a tomar forma en América Latina.

Para Puerto Rico, donde las decisiones y movimientos políticos de Washington tienen una incidencia particularmente directa, el episodio merece atención.

El Escudo de las Américas todavía está en proceso de consolidación, pero la crisis costarricense demuestra que ya no puede verse simplemente como otra cumbre diplomática.

Está comenzando a convertirse en un espacio de poder. En Costa Rica, esta semana, ese poder ya tuvo consecuencias.

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