El Likud emerge como la primera fuerza, aunque sus aliados no reúnen los escaños necesarios para asegurar un nuevo gobierno. Los resultados parciales abren una negociación en la que la derecha opositora y los partidos árabes pueden definir el futuro político del país.

Benjamín Netanyahu encabeza los resultados provisionales de las elecciones legislativas de Israel, pero su continuidad al frente de un nuevo gobierno está lejos de quedar asegurada. Aunque el Likud aparece como el partido más votado, la suma de sus aliados religiosos y ultranacionalistas resulta insuficiente para alcanzar una mayoría parlamentaria.

En una actualización del escrutinio del miércoles 28 de octubre, con el 84,5 % de las urnas contabilizadas, las proyecciones situaban al bloque del primer ministro en 54 escaños, frente a 49 de las fuerzas opositoras encabezadas por el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot y 17 de los partidos árabes. La Knéset, el Parlamento israelí, tiene 120 asientos y la mayoría absoluta se alcanza con 61. Las cifras todavía pueden cambiar, particularmente con la incorporación de votos emitidos por militares y otros electores mediante sobres dobles.

El resultado abre una nueva batalla política para Netanyahu: convertir la ventaja de su partido en una coalición capaz de sostener un gobierno. En el sistema parlamentario israelí, los ciudadanos eligen a los integrantes de la Knéset; la jefatura del Ejecutivo depende posteriormente de los acuerdos entre las fuerzas representadas.

La base de Netanyahu continúa siendo el Likud junto con Shas y Judaísmo Unido de la Torá, los partidos ultraortodoxos, además de Poder Judío, encabezado por Itamar Ben Gvir, y Sionismo Religioso, dirigido por Bezalel Smotrich. En ese corte del recuento, el Likud obtenía 27 escaños; Shas, Judaísmo Unido de la Torá y Poder Judío alcanzaban siete cada uno, mientras Sionismo Religioso sumaba seis.

Con esa distribución, al primer ministro le faltarían siete diputados para reunir una mayoría absoluta. La posibilidad de prolongar su gobierno mediante la misma alianza dependería, por tanto, de conseguir apoyos adicionales fuera de su bloque.

Entre los escenarios posibles figura un acercamiento a sectores de la derecha opositora o una negociación más amplia con fuerzas de centro. Sin embargo, una coincidencia ideológica en determinados asuntos no garantiza un pacto: parte de la oposición ha construido su propuesta política alrededor de la salida de Netanyahu. La alianza de los ex primeros ministros Naftali Bennett y Yair Lapid, así como Israel Beitenu, de Avigdor Lieberman, se sitúan en ese campo opositor.

Un acuerdo de unidad podría ampliar la base parlamentaria, pero exigiría resolver quién encabezaría el Ejecutivo, cuáles serían sus prioridades y qué partidos participarían. Estas son posibilidades derivadas de la distribución provisional de escaños, sin que exista una nueva coalición confirmada.

Eisenkot tampoco tiene despejado el camino. Con 49 diputados proyectados para su bloque, necesitaría sumar apoyos más allá de sus aliados actuales. En ese escenario, las formaciones árabes —la Lista Conjunta y Ra’am— adquieren un peso decisivo para una eventual alternativa de gobierno.

La dificultad es política, además de numérica. Netanyahu ha rechazado un Ejecutivo sostenido por partidos árabes, mientras Eisenkot ha impuesto condiciones a un entendimiento con estas fuerzas. Una mayoría opositora dependería de superar esas resistencias y definir si el respaldo se traduciría en participación dentro del gabinete o en apoyo parlamentario externo.

Las elecciones, las primeras desde los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, se celebraron en una sociedad marcada por la guerra, los cuestionamientos sobre la seguridad y las divisiones internas. La participación alcanzó el 77,7 %, la más alta en más de dos décadas, con una importante movilización del electorado árabe.

Una vez publicados los resultados oficiales, el presidente Isaac Herzog consultará a las fuerzas parlamentarias y encargará a un diputado la formación de gobierno. El primer candidato contará con 28 días para negociar y podrá recibir una prórroga de hasta 14 días. El encargo no corresponde automáticamente al líder del partido más votado.

Si el primer intento fracasa, el procedimiento contempla otras oportunidades para construir una mayoría. Si ninguna prospera, Israel deberá celebrar nuevas elecciones. Entretanto, Netanyahu puede continuar al frente del gobierno en funciones.

El resultado provisional deja una disputa abierta: Netanyahu conserva la primera posición electoral, pero necesita ampliar sus apoyos para asegurar un nuevo gobierno. Sus adversarios tienen posibilidades aritméticas de sustituirlo, aunque dependen de acuerdos políticamente difíciles. La próxima mayoría israelí se decidirá en la mesa de negociación.

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